Sunday, January 14, 2007

 

38 - Entonces tiene que ser cierto

Richard Bassett en su libro “El enigma del almirante Canaris”, pp. 185-186:





En febrero de 1939, Churchill fue invitado a comer a casa de su amigo Leo Amery, en el número 112 de Eaton Square. Fue una reunión de cuatro, puesto que también asistieron Julian Amery (el hijo de Leo) y el conde Richard Coudenhove-Kalergi, fundador del movimiento Pan-Europa de fomento de la unión intraeuropea.

Coudenhove-Kalergi era uno de los hombres más notables de su tiempo. Hijo de un diplomático austríaco casado durante su estancia en Tokio con una dama de la corte japonesa, era, a juicio de Julian, una persona capaz se reconocer “los hilos de fondo” que mueven las fuerzas de la historia.

Leo debía abandonar la reunión temprano. Cuando se levantó de la mesa, situada en la parte trasera de su casa, susurró a Julian: “Cerciórate de que a Winston no le falta la bebida”.

La conversación surcaba el humo y el brandy de una sala ya oscurecida, y cuando se empezó a analizar la compleja situación de Europa el ambiente se crispó, sobre todo en los momentos en los que Churchill se explayó sobre la cercana relación que mantenía con Maisky, el embajador de la Unión Soviética.

El aire se cargaba con rapidez del humo del tabaco cubano, y Coudenhove-Kalergi escuchó un rato con atención, antes de interrumpir a Churchill con una pregunta que lo detuvo en seco:

-¿Es usted consciente, señor Churchill, de que Hitler y Stalin están a punto de concluir un acuerdo?

-¡Qué! –exclamó Churchill, sorprendido-. Eso es imposible ... Veo a Maisky, el embajador soviético, todas las semanas. ¡Yo lo sabría! ¿Quién le ha dicho a usted tal cosa?

Coudenhove-Kalergi aguardó unos instantes y contestó, con sonrisa de conspirador:

-Una fuente del Vaticano.

Esto acalló a Churchill, aun cuando pocas cosas lo hacían callar. Detuvo su mirada unos momentos en el humeante cigarro y respondió con tranquilidad:

-¿El Vaticano? Entonces tiene que ser cierto.

Como sabían todos los miembros de aquella reunión, el Vaticano tenía –y tendrá siempre- la costumbre de estar muy bien informado.






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