Tuesday, October 16, 2007

 

250 - El hombre que no sabía esperar

Una historia china narrada en Willi Hoffsümmer, “Kurzgescichten” I, 7:




Un hombre había preparado, arado y sembrado muy bien su pequeño campo. Se extrañó mucho después de varias semanas, de que las semillas fueran brotando tan lentamente. En el campo de su vecino, sin embargo, vio que ya había un crecimiento fuerte y verde.

Día a día su paciencia fue haciéndose más pequeña. A causa de la preocupación no podía dormir. Finalmente tuvo una idea descabellada.

Fue a su parcela y empezó a estirar un poco hacia arriba los pequeños y tiernos tallos. Esto supuso, por supuesto, un enorme trabajo. Pero al final consiguió acabarlo.

De camino se encontró con su vecino y le contó cómo había ayudado a sus brotes de trigo a crecer. Llenos de curiosidad, volvieron a la parcela y vieron todo destruido y marchitado.

Y durante mucho tiempo se estuvieron riendo en la aldea de aquel hombre que no sabía esperar.








Monday, October 15, 2007

 

249 - Oblígame a luchar, aunque no quiera

Adrian Goldsworthy, “Grandes generales del ejército romano. Campañas, estrategias y tácticas”, p. 157:





En sus últimos años, Mario fue un personaje egoísta, vengativo y, en ocasiones, patético, que sumergió a la República en la primera de las guerras civiles que acabarían por destruirla. Poco parecía quedar de aquel auténtico talento que le había ganado la elección en aquella serie de cargos consulares y concedido la victoria sobre cimbrios y teutones. Si, en una mirada retrospectiva, puede parecer inevitable que la República romana triunfara sobre algunas tribus bárbaras emigrantes, pocos fueron los romanos que confiaron en ello en aquel momento, y Mario se mostró como el auténtico héroe y salvador de Italia. Su hazaña fue considerable, poniendo fin a aquella carrera de frustrantes derrotas que los cimbrios y sus aliados había infligido a las legiones.

Quizá es mejor no finalizar este capítulo con la Guerra Civil, sino con un incidente de la Guerra Social, que condensa la actitud más adecuada de un “buen general”. Plutarco nos dice que, en una ocasión, Mario se había hecho con una posición de ventaja donde había sido rodeado por el enemigo, que trataba de conseguir que se arriesgara a trabar combate.

Pompedio Silo, el más poderoso y fuerte de sus rivales, se dirigió a él, diciéndole:

-Mario, si eres tan buen comandante, sal y lucha.

A lo que Mario respondió:

-Si tú eres tan buen comandante, oblígame a luchar, aunque no quiera.





Sunday, October 14, 2007

 

248 - No mates a nadie, hijo

José Luis Martín Descalzo en su libro “Razones para la esperanza”, p. 98:




Leyendo una biografía de ese gran hombre y escritor que es José María Gironella salta a mis ojos una frase y una anécdota que me dejan herido casi toda la jornada.

Era el 6 de diciembre de 1936, y el entonces casi muchacho, cuya vida peligraba en Gerona, ha de huir, montes arriba, hacia Francia. Su padre le acompaña hasta la frontera y, cruzada ésta, le detienen y cachean los gendarmes franceses: en el bolsillo del pantalón hay algo que el escritor no ha visto, algo que, sin él saberlo, ha metido su padre a hurtadillas.

Es un papel que Gironella lee emocionado. Dice sólo:

-No mates a nadie, hijo. Tu padre, Joaquín.

¿Puede darse un consejo más conmovedor, más desgarradoramente humano? ¿No sería más lógico –quiero decir: más normalmente egoísta- que, en plena guerra, ese padre dijera a su hijo, cuida tu vida, o ten cuidado no te maten?

(...). No se pueden tener las manos limpias hoy. Nadie las tiene. Todos somos, de algún modo, responsables de esa gigantesca matanza (guerras, terrorismos, hambres, etc...).






Saturday, October 13, 2007

 

247 - Siempre a disposición de mis amigos

Del libro “106 anécdotas famosas”, en la pág. 50:




Había salido una noche el rey Alfonso XII con el duque de Sesto a pasarlo bien y, de un sitio a otro, se les había unido un desconocido muy alegre y dicharachero. Regresaban ya de su recorrido y, al llegar a palacio, dijo el duque de Sesto:

-Bueno, aquí nos despedimos.

Y dirigiéndose al desconocido, se presentó:

-Duque de Sesto, para lo que quiera.

El rey se despidió también:

-Alfonso XII, aquí, en el palacio real.

Y el acompañante, sin amilanarse, se presentó a su vez:

-Pío IX, en el Vaticano, siempre a disposición de mis amigos.






Friday, October 12, 2007

 

246 - ¡Mira un sacerdote!

Anécdota sucedida a un sacerdote, que estudiaba en la Universidad de Trier (Tréveris, en Alemania), hacia el año 1988-1989:




La biblioteca de la Universidad de Trier es un edificio moderno, bastante grande. De varios pisos de altura, por dentro es diáfano, no tiene pisos, sino grandes estructuras de metal, con estantes para libros y mesas de consulta. Uno puede subirse por allí y coger los libros.

Entro por una de las puertas del edificio, no la de la calle sino desde otro edificio, que está comunicado con la biblioteca. Iba vestido de sacerdote como lo hago habitualmente. A unos cien metros había un mostrador y detrás del mostrador varias secretarias y bibliotecarias trabajando.

Un profesor que vivía conmigo, estaba en ese momento realizando una consulta en ese mostrador y me contó después la conversación que mantuvieron entre ellas.

En cuanto entré por la puerta una de aquellas personas dijo:

-¡Mira, un sacerdote!

Y empezaron todas a hablar de Dios: si eras católica, si vas a Misa, si rezas, etc ...

Todo ello provocado por la presencia visible de un sacerdote. Les hizo pensar en Dios y plantearse qué hacían por Él.







Thursday, October 11, 2007

 

245 - No hay quien me diga mis faltas sino éste

Santa Teresa acababa de fundar en Pastrana y vuelve a Toledo a reforzar el convento que había fundado allí (21 de julio 1569). Contado en Efrén de la Madre de Dios en “Tiempo y vida de Santa Teresa”, p. 457:




Llegó a Toledo jueves, víspera de la Magdalena (21 julio). La entrada en la ciudad imperial con la lujosa carroza de la princesa (de Éboli, Dª Ana de Mendoza y de la Cerda), dio lugar a una escena jocosa.

Acudió un clérigo al convento y le dijo sin más:

-¿Sois vos la santa, que engañáis al mundo y os andáis en coches?”, seguido de improperios poco corteses.

La Madre escuchaba atónita sin disculparse. Le dijeron después que aquel clérigo había perdido el juicio. Ella mansamente replicó:

-No hay quien me diga mis faltas sino éste.

Y quedó tan harta de coches que en adelante procuró rehusarlos cuanto pudo, prefiriendo carros comunes (Ribera).





Wednesday, October 10, 2007

 

244 - Señor, ¿qué son esos puntos de luz?

Escribe Miguel Ángel Marco en un boletín, refiriéndose a los sacerdotes:




No sé por qué, al escribir esta frase he recordado una sencilla anécdota catequética que escuché recientemente.

Una leyenda –procedente del ámbito de la Iglesia Ortodoxa- cuenta que, el mismo día de la Ascensión, Jesús Resucitado, en su camino hacia el Padre, se encontró con el arcángel Gabriel, que hacía el camino en sentido contrario.

El arcángel miró hacia la tierra, que después de la ausencia del Resucitado ofrecía el aspecto de una desolada extensión negra y oscura en la que apenas brillaban tímidamente unos pequeños puntos luminosos.

El arcángel preguntó a Jesús:

-Señor, ¿qué son esos puntos de luz?

-Jesús le contestó:

-Son mi Madre y mis apóstoles. Ellos iluminarán la tierra.

El arcángel se quedó pensativo; al cabo de un tiempo osó preguntar:

-¿Y si ellos fallan?

El Señor le respondió:

-No tengo otros planes.

Y continuó su camino a la Gloria.






Tuesday, October 09, 2007

 

243 - El misterio de la libertad

Peter Berglar en su biografía sobre San Josemaría titulada, “Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer, pp. 32-33, compara cómo reaccionaron ante muy serias dificultades de modo diferente Escrivá y Lenin:




“Los testigos concuerdan en que el pequeño Josemaría era un niño alegre, normal, de desarrollo armónico, ni mimado ni libre de dolores. No hay niñez sin dolor; cualquier crecimiento lo produce. ¿Qué sucede en el interior de un chico de once años que, por tres veces en tres años, tienen que pasar por el fallecimiento de una hermanita, el dolor de los padres, las terribles horas y los días de la muerte, las lacerantes visitas al cementerio?

De Lenin sabemos que, a la edad de diecisiete años y bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, que había participado en un complot para asesinar al Zar Alejandro III, perdió la fe cristiana. “Al caer en la cuenta de que Dios nos existía -escribe su amigo Lepeschinski-, se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó lejos de sí” (Georg von Rauch: Lenin, en Grandes biografías, volumen II, (Bilbao, 1976), p. 13). Estamos ante un profundo misterio.

Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que acarreará terribles consecuencias para sí mismo y para miles de hombres. Otro hombre, ante la dureza de una tragedia familiar, se fortalece en su amor a Dios y a los hombres, y los frutos serán, en este caso, frutos admirables y magníficos para la humanidad. Ignoramos el profundo sentido de estos hechos: es el misterio de la libertad para el bien y para el mal.

Pero da mucho que pensar un pequeño episodio que recuerda la Baronesa de Valdeolivos. Entre los juegos de niños, les gustaba especialmente hacer castillos de naipes. Una tarde -debió ser entre julio de 1912 y octubre de 1913, pues ya habían muerto dos de las hermanitas-, “absortos en torno a la mesa, conteníamos la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos, cuando Josemaría que no acostumbraba a hacer cosas así, lo tiró con la mano. Nos quedamos medio llorando, y Josemaría, muy serio, nos dijo: “Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira”.

Esta frase deja entrever que el alma del pequeño se encontraba al borde del precipicio: había experimentado la imposibilidad de comprender a Dios y, sin darse perfecta cuenta, temblaba ante la posibilidad de tener que aceptar una fría arbitrariedad. Pero el alma, estremecida, se apartó de esta posibilidad. El pequeño Josemaría se apartó del terrible “abismo negro” al que se lanzó el joven Lenin. Una y otra, innumerables veces, el Fundador del Opus Dei alabó luego la Cruz como instrumento de salvación, como camino que tienen que andar -y que desea andar- el que tiene amor a Dios y a los hombres, porque no hay otro camino para encontrar la raíz de la alegría”.






Monday, October 08, 2007

 

242 - El hombre es un ser sediento

Ángel Mª García Dorronsoro en “Tiempo para creer”, pp. 47-48:



Día 29 de noviembre de 1967

Pensaba esta noche empezar contando una anécdota que me pasó también en un tren. La cuento, no porque me parezca cosa insólita, sino al revés, porque creo que es un acontecimiento que todos hemos vivido muchas veces y, por tanto, podrá servirnos para encontrar pronto un terreno común de comprensión.

Iba yo en un tren, de noche. El departamento estaba completamente lleno y, de madrugada, un niño de mantas comenzó a llorar. Comenzó a llorar con violencia. La madre del niño hizo todas las maniobras que se podían hacer para tratar de sosegarle: le dio vueltas cambiándole de postura, le sacaba las manos fuera de las mantas, se las volvía a meter ... Hubo, además, varios voluntarios del departamento que colaboraron en la tarea de tranquilizar al pequeño. Inútilmente. El chico seguía llorando con todas sus fuerzas.

Hasta que su madre, de pronto, cayó en la cuenta de que su niño a lo mejor tenía sed. Y entonces, tomando de la red una botella de agua que llevaba, le dio de beber con una cucharilla. Poco después el niño dormía plácidamente y estaba tranquilo y sosegado. El niño tenía sed, pero no lo sabía.

He recordado a aquel niño que gritaba en la noche, pensando en el malestar del hombre. Es muy frecuente que cuando notamos en nuestra intimidad la presencia del malestar, del desengaño, de la tristeza, busquemos las causas e indaguemos, por ejemplo, como causa de nuestra irritación la conducta de los que nos rodean. El marido, puede pensar que se irrita por culpa de su mujer; la mujer, puede pensar que se enfada por culpa de su marido; los padres, por culpa de los hijos; los hijos, por culpa de los padres.

Cuando sentimos dentro de nosotros el malestar punzante de la desilusión, muchas veces pensamos que esta desilusión está causada por un trabajo ingrato, por culpa de los superiores, por culpa de los inferiores, por culpa de las circunstancias desfavorables, por culpa de la envidia ajena ...

En definitiva: cuando el hombre quiere ahondar en las raíces de su falta de felicidad, de su descontento íntimo y de su irritación aparentemente injustificada, el hombre, que somos cualquiera de nosotros, es capaz de presentar una larga lista de culpables. Pero yo recuerdo el llanto del niño en la noche para que sepamos que, en definitiva, el malestar más hondo del hombre es la sed.

El hombre es un ser sediento.







Sunday, October 07, 2007

 

241 - Bergman, ya sabe, el gran director sueco

Peter Bogdanovich en la entrevista que consiguió hacerle a John Ford, pp. 21-22:




“Le dije al señor Ford que quería llevar el pelo suelto en “El último combate”, -dice la señorita Baker-. Como las mujeres de las películas de Ingmar Bergman”.

Dice (John Ford):

-¿Ingrid Bergman?

-No, dije yo. Ingmar Bergman.

-¿Quién es?

-Bergman, ya sabe, el gran director sueco.

No dijo nada y consideré que más valía cambiar de tema. Pero cuando estaba a punto de salir, dice:

-¡Ah, Ingmar Bergman!; te referías al tipo que dijo que yo era el mejor director del mundo.






Saturday, October 06, 2007

 

240 - Ni siquiera vale la pena echarles un vistazo

Daniel Goleman en su libro “Inteligencia emocional”, p. 228:




Él era un maduro ingeniero que dirigía un proyecto de desarrollo de software y que estaba presentando al vicepresidente de desarrollo de producto de la compañía el resultado de meses de trabajo logrado por su equipo. Con él se hallaban el hombre y la mujer con los que había trabajado codo con codo durante tantas semanas, orgullosos de presentar al fin el fruto de su labor. Pero cuando el ingeniero hubo terminado su presentación, el vicepresidente le espetó irónicamente:

-¿Cuánto tiempo hace que han terminado la carrera? Sus especificaciones son ridículas. Ni siquiera vale la pena echarles un vistazo.

Después de eso, el ingeniero, completamente abatido, permaneció sentado y en silencio el resto de la reunión. Sus dos acompañantes hicieron entonces un alegato –ciertamente algo hostil- sin orden ni concierto en defensa de su proyecto. Finalmente, el vicepresidente recibió una llamada telefónica que puso fin bruscamente a la reunión, dejando un poso de amargura e ira.

Durante las dos semanas siguientes el ingeniero estuvo obsesionado por los comentarios del vicepresidente. Desalentado y deprimido, estaba convencido de que nunca más se le asignaría ningún proyecto de importancia y, aunque estaba contento con su trabajo, llegó a pensar incluso en abandonar la compañía.

Finalmente fue a visitar al vicepresidente y le habló de la reunión, de sus críticas y de su desánimo. Fue entonces cuando le preguntó:

-Estoy algo confundido con los que usted trataba de hacer. No comprendo cuáles eran sus intenciones. ¿Le importaría decirme qué era lo que pretendía?

El vicepresidente se quedó perplejo, pues no tenía la menor idea de que sus observaciones hubieran tenido un efecto tan devastador. De hecho, en modo alguno había desestimado el proyecto sino que, por el contrario, opinaba que era prometedor, pero que todavía debía seguir perfeccionándose. Y lo que menos había pretendido era herir los sentimientos de nadie. Luego, tardíamente, pidió perdón por lo ocurrido” .







Friday, October 05, 2007

 

239 - La disciplina se aplicaba a todos sin excepción



Adrian Goldsworthy en “Grandes generales del ejército romano. Campañas, estrategias y tácticas”, pp. 144-145, narra cómo Mario resolvió un caso que se presentó en su ejército:





Lo mismo que en África, los soldados deberían transportar y preparar sus propias raciones. Mario los trató sin miramientos, recompensando la buena conducta y castigando la mala con idéntica imparcialidad.

Tuvo lugar un incidente en el que se vio implicado un sobrino suyo, Caio Lusio, que servía de oficial del Ejército, quizá con el cargo de tribuno.

Este hombre trató repetidamente de seducir a uno de los soldados bajo su mando, pero sólo recibió un fuerte rechazo. Cuando, finalmente, convocó al legionario a su tienda y se abalanzó sobre él, este último, un tal Trebonio, desenvainó la espada y le mató.

Llevado a juicio por el asesinato de su oficial, el relato de Trebonio se vio apoyado por el testimonio de sus camaradas. Mario no sólo retiró los cargos, sino que concedió personalmente a Trebonio la “corona cívica” por haber defendido su honor de manera tan firme.

Polibio cuenta que las actividades homosexuales en el campamento eran castigadas con la muerte, y esa ley continuó en vigor cuando el ejército se profesionalizó. Aparte de una extendida y profunda repugnancia de romanos e italianos ante la homosexualidad –que, aunque nunca con carácter universal, era bastante más dura que la actitud que ante ella mostraban los helenos-, la razón principal subyacente a ese rigor la constituía el temor a que tales relaciones pudieran subvertir la jerarquía militar, como había ocurrido en ese caso; y lo más importante de esa forma de actuar es el hecho de que la condonación de un asesinato no sólo de un oficial, sino también de un pariente, ofrecía la evidente lección objetiva de que la disciplina se aplicaba a todos sin excepción (Plutarco y Polibio).







Thursday, October 04, 2007

 

238 - La paciencia del anciano

Bernardo Atxaga en su novela “Un espía llamado Sara”, p. 57, narra una de las misiones que le encomiendan a un espía en la primera guerra carlista:




Su memoria, excitada quizás por los acontecimientos de los últimos días, le trajo de pronto el recuerdo de algo que le había ocurrido con un anciano unos treinta años antes.

El anciano había conseguido aislar unas cuantas truchas en una pequeña poza a la orilla de un río, y pretendía atraparlas achicando agua con un balde.

Impaciente, metiéndose en la poza, él había cogido una de las truchas con las manos, pero con tan mala fortuna que el pez había acabado por escurrirse y volver al agua, no de la poza, sino del río.

-“Hay que tener paciencia. La paciencia es muy importante. Más de lo que parece”, le había dicho el anciano.

Treinta años más tarde, él estaba de acuerdo.






Wednesday, October 03, 2007

 

237 - El payaso de Kierkegaard

Joseph Ratzinger (el actual Papa Benedicto XVI) en su libro “Introducción al cristianismo”, pp. 39-40, escribiendo sobre la fe en el mundo de hoy, explica las dificultades que tienen los teólogos y los que hablan de Dios, para hacerse entender:





Quien intente hoy día hablar de la fe cristiana a gente que ni por vocación ni por convicción conoce desde dentro la temática eclesial, advertirá muy pronto lo extraña y sorprendente que le resulta tal empresa. Es probable que en seguida tenga la sensación de que su situación está bastante bien reflejada en el conocido relato parabólico de Kierkegaard sobre el payaso y la aldea en llamas, que Harvey Cox resume brevemente en su libro “La ciudad secular” (Barcelona 1968, p. 269).

En él se cuenta que en Dinamarca un circo fue presa de las llamas. Entonces, el director del circo mandó a un payaso, que ya estaba listo para actuar, a la aldea vecina para pedir auxilio, ya que había peligro de que las llamas llegasen hasta la aldea, arrasando a su paso los campos secos y toda la cosecha.

El payaso corrió a la aldea y pidió a los vecinos que fueran lo más rápido posible hacia el circo que se estaba quemando para ayudar a apagar el fuego. Pero los vecinos creyeron que se trataba de un magnífico truco para que asistiesen los más posibles a la función; aplaudían y hasta lloraban de risa. Pero al payaso le daban más ganas de llorar que de reír; en vano trató de persuadirlos y de explicarles que no se trataba de un truco ni de una broma, que la cosa iba muy en serio y que el circo se estaba quemando de verdad. Cuanto más suplicaba, más se reía la gente, pues los aldeanos creían que estaba haciendo su papel de maravilla, hasta que por fin las llamas llegaron a la aldea. Y claro, la ayuda llegó demasiado tarde y tanto el circo como la aldea fueron pasto de las llamas.

Con este relato ilustra Cox la situación de los teólogos modernos. En el payaso, que no es capaz de lograr que los aldeanos escuchen su mensaje, ve Cox una imagen del teólogo, a quien nadie toma en serio si va por ahí vestido con los atuendos de un payaso medieval o de cualquier otra época pasada. Ya puede decir lo que quiera, pues llevará siempre consigo la etiqueta del papel que desempeña. Y por buenas maneras que muestre y por muy serio que se ponga, todo el mundo sabe ya de antemano lo que es: ni más ni menos que un payaso. Se sabe ya de sobra lo que dice y se sabe también que sus ideas no tienen nada que ver con la realidad. Se le puede escuchar, pues, con toda tranquilidad, sin miedo a que lo que dice cause la más mínima preocupación. Está claro que esta imagen es en cierto modo un reflejo de la agobiante situación en que se encuentra el pensamiento teológico actual, que no es otra que la abrumadora imposibilidad de romper con los clichés habituales del pensamiento y del lenguaje, y la de hacer ver que la teología es algo sumamente serio en la vida humana.

Pero quizás debamos sondear las conciencias de modo más radical. Quizás el irritante cuadro que hemos pintado, aun conteniendo gran parte de verdad y aspectos que han de tenerse muy en cuenta, simplifique la situación. Porque puede dar la impresión de que el payaso, es decir, el teólogo que todo lo sabe, llega a nosotros con un mensaje absolutamente claro. Los aldeanos, a los que con tanta prisa se dirige, esto es, los hombres que viven al margen de la fe, serían por el contrario gentes que no saben nada, gente a la que hay que enseñar lo que desconocen. Lo único que tendría que hacer ahora el payaso es cambiar de vestimenta y quitarse toda la pintura para que todo se arreglase.

Pero, ¿es que es todo tan sencillo? ¿Es que basta con que nos agarremos al aggiornamento, que nos quitemos el maquillaje y asumamos el aspecto civil de un lenguaje secular o de un cristianismo sin religión para que todo se arregle? ¿Es que basta con cambiar los vestidos eclesiásticos para que los hombres acudan alegres a ayudarnos a apagar el fuego que, como dice el teólogo, existe y es un peligro para nosotros?





Tuesday, October 02, 2007

 

236 - Una historia mínima

Ángel Mª García Dorronsoro en "Tiempo para creer", pp. 13-14:





Día 19 de octubre de 1967.

Vamos a empezar hoy contando una historia que me pasó en cierta ocasión. Digo historia porque hay personas que creen que los sacerdotes, a veces, combinamos diversos datos para organizar una especie de anécdota edificante, aunque no haya tenido lugar.

Esto puede ser un método válido para la enseñanza, pero no es éste nuestro caso. Recuerdo que me decía un sacerdote amigo que estaba explicando el catecismo a los niños, y les contó una cosa que le había pasado hacía poco y, al terminar, uno de los chicos le dijo:

-Oiga, don Ignacio, ¿eso es verdad o es una comparación?

Y me decía el sacerdote que tuvo que ponerse bastante serio.

Pues bien, aquí, cuando diga que se trata de una historia que pasó de verdad, será así; y cuando sea algo que me contaron o he oído, lo diré también.

Esta historia mínima me pasó una vez que estaba predicando un curso de retiro en un lugar de la provincia de Ávila. Era un sitio forestal; había una casita, y yo había paseado muchas veces por los alrededores, rezando el breviario, y nunca encontré a nadie; hasta el punto de que llegué a pensar que era un sitio forestal deshabitado.

Pero una mañana, serían como las nueve, mientras rezaba me encontré con tres niños que iban a la escuela: una niña, la mayor, que tendría unos ocho años; otra, más pequeña, de cinco años y medio o seis –aproximadamente-, que por cierto llevaba una cartera enorme, y, después un chico.

Yo no sé si por la sorpresa del encuentro o porque las personas mayores siempre hacemos estas preguntas, el caso es que me dirigí a la pequeña y le dije:

-Vamos a ver, tú, ¿la “m” con la “a”?

Y la pequeña, apretando los labios con energía, me dijo:

-“Ba”.

Y entonces, la otra, pasándole la mano por encima, como amistosamente, me miró y como en defensa de su amiga, me dijo:

-Es que va en la “b”.

Me alegró el encuentro. Iba en la “b”. Realmente es estar muy al principio del conocimiento, porque tanto si hubiera empezado por las vocales como por el abecedario, hay que reconocer que la chica sabía poco.






Monday, October 01, 2007

 

235 - El beso a la estatua de Serapis

Domingo Ramos-Lisson en su libro "Patrología", p. 192, da algunas explicaciones sobre el "Octavius", una obra en forma de diálogo, escrita hacia el 197 d.C. El autor, el abogado cristiano Marco Minucio Félix, evoca la memoria de Octavio, ya fallecido, recordando la buena amistad que había existido entre ambos y en especial, un diálogo que mantuvieron durante las fiestas romanas de la vendimia.

Octavio había viajado de África a Roma y en unión con Cecilio, un colega suyo, deciden ir a Ostia a descansar en compañía de otro amigo llamado Minucio Félix. Los tres eran oriundos de África y dedicados a los trabajos del foro y el diálogo discurre en estos términos:






“Después de uno o dos días, cuando ya el frecuente y asiduo encontrarse juntos había atenuado un poco la avidez del afecto, y habíamos intercambiado noticias de lo sucedido a cada uno de nosotros a lo largo de los años y que no conocíamos con anterioridad, nos vino el deseo de hacer una excursión a Ostia, ciudad amenísima, donde podía con suavidad echar fuera los humores de mi cuerpo mediante baños en el mar. Oportunamente la fiestas de la vendimia habían dado un poco de tregua a los trabajos del foro; estábamos, en efecto, en aquella estación en la que, una vez pasado el verano, el otoño presenta una temperatura más benigna.

Con las primeras luces del día nos dirigimos hacia el mar con el propósito de dar un paseo por la playa para que la brisa, que soplaba ligeramente, reavivase nuestros miembros, y por el singular placer de sentir cómo la arena cedía muellemente bajo nuestros pies. Cecilio, a la vista de una estatua de Serapis, según es costumbre del vulgo supersticioso, llevándose la mano a la boca, imprimió con los labios un beso.

Entonces dijo Octavio:

-Marco, hermano, no es digno de un hombre de bien, como tú eres, dejar envuelto en la ceguera de la vulgar ignorancia a una persona que dentro y fuera de tu casa anda siempre pegado a tu lado, de suerte que, en día tan luminoso, le consientas tropezar en unas piedras –eso sí, piedras labradas en imágenes, untadas y coronadas-, puesto que sabes que no menos a ti que a él alcanza la deshonra de ese error.

Cecilio parecía no prestar atención y no estar interesado en la carrera, está aparte silencioso y angustiado, mostrando en el rostro un gesto de dolor.

Entonces le dije:

-¿Qué te pasa Cecilio? Porque no veo en tí aquella habitual alegría tuya y busco en vano en tus ojos tu sonrisa, que suele brillar en medio de las graves ocupaciones de la vida.

Y él dijo:

-Ya desde el primer momento me han turbado el ánimo las palabras de Octavio, con las que te acusó de negligencia, pero sin parecerlo, y me señaló a mí muy gravemente de estar en la ignorancia. Por ello no quedarán las cosas así, sino que deseo volver sobre este asunto y tratarlo con él hasta el fondo (Octavius, II, 3).






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