Monday, June 18, 2007

 

129 - Esa misma tarde lo mataron

José Luis Olaizola cuenta en su libro “Viaje al fondo de la esperanza”, p. 149, lo que hace Silvio Ospina, un taxista de Medellín, en Colombia:



-Yo con lo de la confesión no me ando con chiquitas y me peleo, si es necesario, con quien haga falta, hasta con los curas.

-A ver, a ver, explícame eso –le requiero un poco sorprendido.

-A ver si me entiendes, José Luis, no digo que sea necesario, ¿eh? Pero te voy a contar un sucedido. Un taxista me recomienda a un amigo suyo que llevaba cinco años sin confesar. Después de varios meses consigo que vaya a un retiro. Cuando llega el descanso le digo: “Lo primero que tienes que hacer es confesarte. ¡Hombre! No me interesó demasiado lo que dijo el padre, me dice el hombre, mejor lo dejamos para otro día.

Pero yo comencé a porfiar y me fui a donde el padre López y le conté lo que pasaba. Y el padre me dijo: “No lo obligues, Silvio, déjalo para otro retiro”. Pero yo no me aguanté y me lo traje medio abrazado, y el hombre se confesó. Al día siguiente llegó a su trabajo y dijo a sus compañeros: ¡Qué bien me siento! Acabo de comulgar y he oído la Santa Misa. ¡Qué bien me siento! Esa misma tarde lo mataron.

-¿Pero por qué lo mataron, Silvio? –pregunto un poco sobrecogido por tan súbito y trágico colofón.

-Cosas que pasan –me contestó sin darle demasiada importancia. En un atraco de mala muerte le pegaron dos tiros. Eso nos puede pasar a cualquiera. Lo que hace falta es que te coja preparado. Por eso yo con lo de la confesión no me ando con vainas.









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