Sunday, July 08, 2007

 

147 - ¿Cómo voy a poder estudiar después?

El rector de la Universidad Lateranense Angelo Scola cuenta un recuerdo personal del profesor Ratzinger (Papa Benedicto XVI) en 1977, en el prólogo del libro autobiográfico de Ratzinger, “Mi vida. Recuerdos (1927-1977)”:





La primera vez que vi al cardenal Ratzinger fue en 1971. Era Cuaresma. El recuerdo de aquel encuentro se ha ido enriqueciendo de matices que mi memoria ha reelaborado, inevitablemente, en ocasión del setenta cumpleaños del cardenal.

Un joven profesor de derecho canónico, dos sacerdotes estudiantes de teología, que por aquel entonces no habían cumplido los 30 años, y un joven editor estaban sentados alrededor de una mesa, invitados por el profesor Ratzinger, en un típico restaurante a orillas del Danubio que, en Ratisbona, discurre ni demasiado lento ni demasiado impetuoso, lo que todavía permite pensar en el hermoso Danubio azul. La invitación la había procurado von Baltasar con la intención de discutir la posibilidad de hacer la edición italiana de una revista –que más tarde sería “Communio”-. (...).

Estábamos enfrentados dos a dos: dos a favor y dos en contra. Con su trato delicado, los gestos medidos y los ojos que no dejaban de moverse, Ratzinger nos explicaba la carta: una larga secuencia de suculentos platos bávaros ... Parecía conocerlo bien, sin lugar a dudas era un “habitué” del restaurante. Nosotros, superado el primer embarazo, como buenos latinos y, además, jóvenes, nos lanzamos a hacer comparaciones entre menús bávaros y longobardos. Algunos de nosotros había pasado suficiente tiempo en Alemania como para permitirse disertar sobre los tipos y marcas de cerveza.

Recuerdo bien que pregunté a nuestro anfitrión qué nos aconsejaba: pacientemente empezó a ilustrarnos de nuevo sobre cada plato de la lista, animándonos a probar más de uno para que nos hiciésemos una idea de la cocina bávara. Desde hacía un rato el camarero esperaba respetuoso junto a la mesa. No sin desorden y aumentando progresivamente el tono de nuestra conversación hasta el punto de hacer que algún comensal se volviese a mirarnos, terminamos, bajos los ojos benévolos y la sonrisa, quizá un poco impaciente, de nuestro anfitrión, por escoger una amplia y exagerada variedad de platos.

Ratzinger devolvió la carta diciendo al camarero algo así como: “para mí, lo de siempre”. El camarero nos sirvió antes a todos nosotros, con meticulosidad alemana, y al final llevó al conocido teólogo un sándwich y una especie de limonada.

Nuestra sorpresa rayaba en la vergüenza. Con una sonrisa, esta vez verdaderamente amplia y benévola, el cardenal nos liberó diciendo: “Vosotros estáis de viaje ... Si yo como demasiado, ¿cómo voy a poder estudiar después? Comentando el episodio, de vuelta en el coche, nos dimos cuenta de lo que el cardenal había dicho al camarero: “lo de siempre”.

No me he alargado en este pequeño y personal recuerdo para añadir el rasgo hagiográfico de la sobriedad a la biografía del cardenal. ¡Sobre todo porque todavía no es tiempo de panegíricos! Lo he hecho sólo porque, incluso después de haberle conocido más profundamente, aquel episodio me parece que habla de su estilo, y el estilo, ya se sabe, es el hombre.








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