Monday, August 20, 2007

 

196 - ¿Qué sentirán los creyentes?

La relación de Napoleón con la religión y su acercamiento a la religión católica y su arrepentimiento final, se narran en la biografía íntima que ha escrito Vincent Cronin, pp. 242-243:





Napoleón había perdido su fe católica en Brienne. Creía firmemente en Dios, pero consideraba que Cristo no era más que un hombre. De todos modos, conservó una acentuada adhesión sentimental al catolicismo. Lo conmovía el sonido de las campanas de las iglesias. A veces, su madre, recordaba las luces, el canto y el incienso durante la Misa Solemne en Ajaccio, y Napoleón reconocía que se sentía conmovido.

-Si yo siento eso –preguntó-, ¿qué sentirán los creyentes?

Por ejemplo, su propia madre, que creía tan profundamente, y una persona a quien Napoleón amaba y admiraba.








(p. 497): “La madre y los hermanos de Napoleón reaccionaban ante la perspectiva de la muerte con un súbito despliegue de rezos, confesiones y ritos religiosos. Pero durante los últimos días Napoleón continuó ajustándose al esquema general de su vida. Creía en Dios y en la vida ultraterrena; no sabía si Cristo era Dios, pero tampoco tenía pruebas de que no lo fuera; por lo tanto, en las circunstancias dadas jugó el juego ateniéndose a las reglas. Con el mismo espíritu concreto con que redactó su testamento, llamó al sacerdote más joven, llamado Vignali –la mala salud había obligado a partir a su colega más anciano- y le pidió que antes de morir le diese la Sagrada Comunión y la Extremaunción. “Levantará un altar en la habitación contigua, presentará el Santo Sacramento y rezará las plegarias por los moribundos. Nací en la religión católica; deseo cumplir los deberes que ella impone y recibir la ayuda que ella otorga”.


(p. 499): “El 3 de mayo los médicos comprendieron que su paciente no viviría mucho más. Era imposible que recibiese la Sagrada Comunión –apenas podía tragar líquidos-, pero el abad Vignal administró al extremaunción, y ungió con óleo los párpados, los oídos, las fosas nasales, la boca, las manos y los pies pálidos, para conseguir el perdón de los pecados cometidos con cada uno de los cinco sentidos, y recitó la plegaria secular: “Libera, Señor, el alma de tu servidor, como liberaste a Moisés de las manos del faraón, rey de los egipcios; libera, Señor, el alma de tu servidor, como liberaste a san Pedro y san Pablo de la cárcel”.












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