Wednesday, April 16, 2008

 

254 - El día del partido debí decir algo y no lo dije

De un artículo de José Mª Larrañaga, “La vida es cosa seria” publicado en la revista de las cooperativas de Mondragón, TU Lankide, (urtarrilla 2006):



En Sidi Ifni (Marruecos), las tropas españolas ocupaban un territorio que se extendía desde la costa hasta unos veinte kilómetros tierra adentro, de manera que había una franja de terreno suficientemente amplio para defender la capital y su puerto. Una línea de posiciones militares protegían el territorio.

Las guarniciones de estos puestos tenían por costumbre jugar partidos de fútbol los días festivos. A veces los oficiales se sumaban al juego.

Había un teniente en especial que no perdía ocasión para jugar. Era de estatura media pero parecía más bajo porque era ancho, fornido, de cuello corto y grueso. Su cara parecía tallada con un buril tosco o por un escultor con mala uva; era un radical defensor de Franco y de su política.

En el juego se caracterizaba por la furia que ponía en cada acción y porque cuando propinaba una patada a un contrario enseguida le pedía perdón. Lo que no impedía que en la siguiente jugada hiciera lo mismo. Es el avasallador más educado que he conocido.

En cierta ocasión llegó cuando estábamos formando los equipos. Acabábamos de elegir a los capitanes y éstos estaban a punto de iniciar la elección de cada bando. El teniente apartó de un empujón a un catalán (después supe que era un inmigrante extremeño que residía en Barcelona), diciendo que aquel individuo no podía jugar.

“Eres una escoria –le dijo- eres carne de prisión y llevas escrito en tu cara que terminarás en el garrote vil”.

Todos nos quedamos como congelados; el soldado no dijo nada, quedó un rato quieto mirándole al teniente a los ojos, giró sobre sus talones y se alejó lentamente. Aparentaba serenidad. Jugamos el partido.


Cólicos

Era bastante habitual que la tropa sufriera diarreas y cólicos debido a la escasez e insalubridad del agua de la zona. Parte se transportaba en aljibes desde Canarias pero, a veces, no llegaba la suficiente o llegaba tarde. El soldado “escoria” cayó enfermo, quedó en cama en la choza de adobe que ocupábamos, no creo que nadie le visitara, ni creo que él esperara visita alguna.

No sé qué me impulsó a comprar dos bollos que árabes ambulantes vendían y sentándome en la cama de al lado, le ofrecí uno, mientras yo me comía el otro. Extrañado me preguntó a qué venía aquello:

-Estoy en deuda contigo – le repliqué.

-¿En deuda? ¿Por qué?

-Porque el día del partido tenía que haber dicho algo y no lo dije; porque no debí jugar y jugué.

Durante un rato no dijo nada y después mirándome fijamente, dijo:

-¿Y si fuera verdad lo que dice el teniente?

A mí las palabras me surgieron desde el fondo del alma:

-
¡No!, no son verdad.






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